07 marzo 2007

LA IZQUIERDA INTESTINAL

Héctor Ñaupari*

En los últimas semanas, diversos intelectuales y escritores, peruanos y de otras latitudes, han enfilado sus baterías críticas contra el libro El regreso del idiota, escrito por Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. Dos circunstancias los unen: primero, ser de izquierdas, y segundo –y lo más importante– criticar este libro sin haberlo leído. En efecto, todas las críticas de estos ¿responsables? analistas, sociólogos y poetas se basan únicamente en el artículo El regreso del idiota, que publicase Mario Vargas Llosa en su columna regular del diario El País –y reproducida en otros medios– a propósito de la próxima presentación internacional de este tercer volumen que escribe la sociedad Apuleyo–Montaner–Vargas Llosa, sumado a El perfecto idiota latinoamericano y Fabricantes de miseria, y que recién llegará a librerías en el mes de abril.

Para la comunidad académica, una de las mayores deshonestidades intelectuales, a la par del plagio, es la de comentar un libro sin leerlo, basando la glosa únicamente en referencias de terceras personas o, lo que es peor, en sus propios cristales ideológicos, que miran únicamente aquello que desean ver y hacen pasar por sesudo y comprometido análisis lo que es en realidad la muestra grotesca de las propias fobias, neurosis y odios del crítico. Y esto último es lo que ha ocurrido en el caso de las respuestas a El regreso del idiota.

Sin embargo, esta irresponsabilidad no debe sorprendernos, pues es una vieja estratagema de los intelectuales de izquierda, usada hasta el hartazgo en el pasado, y aprendida a su vez del propio Karl Marx, quien creía –ilusamente– desarmar a sus críticos de entonces, como por ejemplo los economistas austriacos, llamándolos “burgueses”, sin leer ni tomar en cuenta las reconvenciones que hacían al primer volumen de El capital. De hecho, como sabemos por la historia, las críticas a las propuestas marxistas –por ejemplo, las que figuran en Capital e interés y Karl Marx y el cierre su sistema de Böhm Bawerk– fueron tan contundentes que los otros dos volúmenes de El capital fueron publicados luego de la muerte de su autor. Asimismo, en un acto de deshonestidad intelectual con pocos precedentes, Marx retiró las estadísticas oficiales del gobierno inglés de uno de los tomos aún no publicados de El Capital en un momento en que la realidad contradecía más elocuentemente su andamiaje teórico. Lo que demuestra que las actitudes actuales de los pensadores de izquierda son, en realidad, un vicio de origen o pecado original, si se quiere, de su constitución fundamental.

La otra táctica, también muy antigua –y que Marx modernizó– fue la llamada del “fetiche”. Ésta consiste en pervertir un concepto hurtándole su contenido original y fabricar con ese cascarón vacío un monstruo que contenga todo aquello que repugnaría a un ser humano con un mínimo de decencia y respeto. Una prueba moderna de la vigencia de esta trasnochada estrategia es la degradación absoluta de la palabra “neoliberal” que hoy significa ser un defensor de dictaduras y de corrupciones aberrantes, y un propugnador del hambre y la miseria de millones de pobres en el mundo. Que los intelectuales, críticos y corifeos de la izquierda sigan teniendo éxito con estas tácticas sin novedad ni originalidad, revela dos cosas: que hasta ahora siguen viviendo de su capital espiritual –sin renovar nada de su pensamiento desde el siglo XIX– y también lo poco eficaces que hemos sido todos los que no estamos de acuerdo con sus propuestas.

No obstante, lo que verdaderamente sorprende es el silencio de la comunidad intelectual peruana e internacional en este asunto. Si algún comentarista o estudioso, que no fuese de izquierda, pasara revista a un libro basado únicamente en un artículo escrito sobre él, y no en la propia obra, que por lo menos debería leer para saber apropiadamente de qué se trata, sería objeto de los más severos y públicos cuestionamientos. Por el contrario, para la comunidad intelectual, el filisteísmo de comentar libros sin leerlos es llamado “libertad de crítica”, tal como se observa a diario en páginas y blogs en Internet. Lo cierto es que el cómplice silencio de los compañeros de ruta de estos comentaristas es un botón de muestra sobre cómo se manejan los códigos no escritos de la intelectualidad y la cultura cuando ésta es regentada sin honestidad ni responsabilidad.

Por último, si hay una idea por la que estos intelectuales han apostado seriamente es por la transparencia. Y si hay un lugar donde la transparencia lo es todo, es en el terreno de las ideas. Allí no caben las sinuosidades ni los odios viscerales que exhibe esta izquierda intestinal. Es profundamente inmoral hacer pasar por auténtica o valedera la idea de un autor determinado sin haberlo revisado primero. Pero no se pueden pedir peras al olmo, ni honestidad intelectual a quienes han aprendido a construir fetiches ideológicos y citar libros sin conocerlos ni por sus tapas, incluyéndolos sin más en la lista de obras prohibidas, cual inquisidores o ayatolas del siglo XXI.

Sin embargo, estos críticos no son todos –así lo creo, al menos– los que constituyen la voz autorizada de la izquierda, que tantas variantes y capillas tiene. A esos intelectuales responsables me dirijo, para que apostemos por fin a un debate serio, transparente y comprometido, en el que por fin se aclaren y se destierren las perversiones y malentendidos. Quizás en eso puedan estos críticos distinguirse del oscuro sendero hecho a pulso por su principal mentor. Es una esperanza –pequeña, por cierto– que me acomete a menudo. Será nuestro desafío conjunto verla hacerse realidad.

Sucre, 6 de marzo de 2007


* Poeta y ensayista. Autor de Rosa de los vientos (2006), Páginas libertarias (2004) y En los sótanos del crepúsculo (1999).

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