Mostrando las entradas con la etiqueta libre comercio. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta libre comercio. Mostrar todas las entradas

29 agosto 2007

CUBA EN MI CORAZÓN

Héctor Ñaupari
Colaborador

Heredé de mis padres el amor por Cuba y su revolución. Como la mayor parte de mi generación, nacimos fascinados por la gesta de Fidel, Che Guevara y Camilo Cienfuegos. Con el paso del tiempo, esas figuras heroicas y románticas fueron cediendo el paso a espectros de pesadilla, debido a las sucesivas informaciones acerca de la escasez y la miseria en que vivían los cubanos, así como por los padecimientos de los presos políticos y los disidentes en la Isla. Por ello ese amor fue arribando, primero, al desengaño; luego, a una rebeldía sin concesiones. Sin embargo, a pesar de esa pátina tenebrosa, ha pugnado por mantener su heroicidad, vigente hoy en amigos y conocidos, para quienes los hondazos del David caribeño todavía impresionan y conmueven. De esta suerte, decidí pasar unos días en Cuba, para comprobar en carne propia si la Isla era, como creyeron mis padres, el paraíso en la tierra, cuyas gentes –hombres y mujeres nuevos– estaban todas entregadas a la alta causa del socialismo.

Lo que hallé en Cuba superó mis peores expectativas. Cuba es, en primer término, un Estado opresivamente policiaco, tan vasto que es una ironía común decir que, de once millones de cubanos, nueve son policías. Su peor consecuencia es que los isleños se hallan en una prisión mental, en la que no pueden expresar lo que verdaderamente piensan, al punto que nadie, ni ellos mismos, saben lo que verdaderamente anida en su interior. De esta manera, si un extranjero conversa un tiempo largo con un cubano, observará que se han vuelto una contradicción en términos: alaban y critican al régimen al mismo tiempo. No menos grave, este sistema de delación permanente ha destrozado la confianza entre sus semejantes, un atributo elemental en cualquier sociedad con mayores márgenes de libertad; es decir, en todas las demás. La cubana debe ser la única colectividad de occidente donde la primera idea que viene a la mente cuando se conversa con otro es la sospecha.

Esa opresión y esa destrucción se reflejan bien en su capital. Antaño ciudad de esplendores, de legendaria belleza, La Habana es hoy una ciudad bombardeada. Lo que va quedando de sus hermosos edificios es presa de los estragos del tiempo, de los derrumbes, de la falta de mantenimiento, pero sobre todo de la indolencia de sus gobernantes, quienes la abandonaron, primero, a la convicción revolucionaria, y luego, a la mera supervivencia en el poder. Estos estragos también los viven a diario los cubanos, sobre todo las mujeres y los jóvenes, a merced de los apetitos de los turistas. Si bien en los últimos tiempos la prostitución en Cuba es un tema tan ampliamente descrito como silenciado por los compañeros de ruta de la revolución –entre ellos, las feministas– el sistema de hospedajes particulares ha hecho ingresar a las casas y al interior de las familias a la profesión más antigua del mundo, donde los turistas llevan a cabo, al costado de las habitaciones de padres, hermanos e hijas, acciones que serían penadas legal y socialmente en sus propios países. De esta manera, en tanto se sientan marxistas exóticos o guerrilleros de caricatura –la idea es fumar un puro y sentirse como el Che Guevara– los turistas son, en su gran mayoría, absolutamente indiferentes a la trágica suerte de este pueblo.

Es de observar que hay en Cuba tres economías: la turística, capitalista; la formal, centralmente planificada; y, la economía marginal o informal, de mera supervivencia, y que es la que en verdad sostiene la vida cotidiana del cubano promedio. La primera de ellas es inaccesible para la mayoría de los cubanos, quienes son discriminados en sus playas e incluso en las propias calles de su ciudad, a las que tienen prohibido acudir. La economía planificada, añade a su perversidad característica de escasez y desabastecimiento generalizado, la de hacer subir primero los salarios y luego los precios de los productos, y de cobrar por servicios antes gratuitos –un triunfo de la revolución– como el agua potable. Por último, en las puertas de sus casas, los cubanos venden desde pasta de dientes hasta aparatos de aire acondicionado, con instalación incluida. Sabido es que la economía informal tiene una cara sucia: la de la corrupción. Los servicios médicos por ejemplo, supuestamente gratuitos, tienen un precio si se quiere una atención rápida. De este modo, el paraíso socialista está cercado, incluso en las mismas calles de La Habana o de Matanzas.

Me pregunto ¿Por esto lucharon mis padres y tantos otros en América Latina y diversas partes del mundo? ¿Para que los cubanos tengan prohibido comer pescado, langostas y carne de res –productos exclusivos para los turistas– caminar por su propio país, no tengan un techo que los ampare de los aguaceros y que, siendo un pueblo educado, con conocimiento pleno de varios idiomas, deban degradarse con la prostitución, la mendicidad turística y la venta negra de sus productos? El hecho cierto es que, como en una triste justicia de la historia –a la que ha aludido sin cesar el Comandante en Jefe– él es ahora el Fulgencio Batista que combatió cuando joven, una siniestra copia que ha hecho palidecer al original a extremos inimaginables, y que lleva más de un año sin aparecer –durante su natalicio, otrora fecha de celebraciones y marchas, la Plaza de la Revolución lució desamparada y vacía, y la dictadura tuvo que extender un día más los carnavales, acaso los más tristes de La Habana, según todos–. ¿Eso es lo que llamamos heroísmo, y que debe justificar todos estos abusos? Si algo quedó del legado de la admiración paterna, es que ningún acto heroico, sin importar su dimensión, debería tener el costo de acabar con el bienestar de un pueblo, justamente al mismo que se dice va a beneficiar o inspirar con su ejemplo.

Hoy son otros los que quieren llevar el bienestar indispensable al pueblo cubano, que tanto lo necesita, y librarlo por fin de la tiranía que lo acosa, y que se repite a sí misma con frenesí durante casi un siglo. Disidentes, presos, líderes que intentan inculcar por lo menos un sistema de valores elementales, que enfrente el burdo comportamiento reflejo que se ha esforzado en imprimir en los cubanos el régimen dictatorial que padecen. Ellos no son calco ni copia, sino una creación heroica, auténtica y sacrificada, porque lo tienen todo en contra. Por eso debemos apoyarlos. Así, con ellos está mi corazón, pues se ha quedado en Cuba, a su lado. También anida allí mi esperanza por verla libre, próspera, con bienestar y con justicia. Ése es el sueño inconmovible, el que no cesa de iluminarnos pese a la tiniebla autoritaria que quiere resistirse al tiempo o al cambio de estación. Lo que ella no sabe es que, como el aguacero, caerá inevitablemente. Y esta vez lo veremos.

Santiago de Surco, 19 de agosto de 2007

06 agosto 2007

¿Aló Presidente?

Hugo Maul Rivas
Director Área Económica
CIEN

¿Manipulación de Chávez o capitalización del descontento popular? A pesar del trasfondo populista, oportunista y clientelista que tienen muchas de las medidas que Chávez promueve desde su conocido programa, no puede negarse su habilidad para sacar provecho del descontento popular con la forma tradicional de hacer política y negocios en nuestros países. Las amenazas de nacionalización, que ahora recorren el continente, son un ejemplo de como políticos como Chávez aprovechan el descontento popular. Entre falsas promesas de recibir productos y servicios “regalados”, movimientos políticos con tintes socialistas, los abusos de la posición de dominio por parte de algunas empresas y la frustración de muchos consumidores, hay razones suficientes para que los políticos “listos” intenten lucrar con esa figura. Las otrora empresas nacionales, ahora convertidas en rentables empresas privadas de capital nacional y transnacional, resultan ser el objetivo preferido de este tipo de políticas.

Mientras sea el consumidor el que pague “los platos rotos”, en forma de precios más altos, opciones limitadas o malos tratos y arbitrariedades por parte de ese tipo de empresas, es casi seguro que los políticos, como hábiles mercaderes de sentimientos, ansiedades y expectativas, utilicen cualquier excusa que les permita capitalizar en las frustraciones de la gente. Para un consumidor frustrado, que anhela un cambio, la nacionalización puede representar la esperanza que su voz sea tomada en cuenta, que sus derechos sean respetados y que las condiciones de precio y calidad sean mejores. Algo que se sabe bien no es más que una ilusión, ya que al final de cuentas ese remedio resulta peor que la enfermedad. Sin embargo, con políticos populistas de por medio debería quedar claro que hace falta mucho por hacer para limitar efectivamente el poder económico y político que han obtenido algunas de las empresas surgidas a raíz de las privatizaciones. Debería quedar clara la necesidad de promover más competencia y mayor apertura en los mercados en donde estas empresas operan, así como eliminar la posibilidad de recibir favores por parte de los gobiernos de turno.

De no darse estos cambios, y materializarse la promesa de que el consumidor es el verdadero soberano, de nada servirá quejarse después cuando algún político populista escuche la llamada de quienes están descontentos. ¿Aló Presidente?

11 junio 2007

Protección al consumidor

Hugo Maul Rivas
Director Área Económica
CIEN

“Las malas ideas económicas nunca mueren, solamente cambian de forma”. El aumento en los precios de los combustibles, los efectos directos e indirectos que conlleva, es capaz de resucitar hasta la más mala de las ideas económicas. Claro está, tan hábilmente disfrazada que confunde hasta al más experto de los expertos. Dada la multiplicidad de disfraces que tales ideas pueden tomar, y la importancia del tema subyacente, es importante recordar que detrás del mismo se encuentra el anhelo de proteger al consumidor. En nombre de la aparente posición menos ventajosa del consumidor dentro de una transacción y los supuestos abusos que se dan dentro de una economía no regulada, gobernantes y políticos llenos de (supuestas) buenas intenciones harán todo lo posible por proteger al consumidor. A pesar que tal protección implique poner en práctica ideas que se sabe bien no han dado los resultados deseados.

En términos generales, la mejor forma de proteger al consumidor es mediante una intensa competencia entre los oferentes, vendedores, dentro de un mercado. Mientras más competitivo sea un mercado, tarde o temprano, mejores tendrán que ser las condiciones que se ofrezcan al consumidor: menores precios y mejor calidad. Invariablemente, cada vez que se ha buscado proteger a los consumidores mediante regulaciones sobre las acciones de los oferentes el resultado ha sido el contrario. Las intervenciones gubernamentales que reducen la intensidad de la competencia entre los productores, que impiden la transparencia en el uso de la información dentro del mercado e impiden el adecuado funcionamiento del sistema terminan generando mercados oligopólicos y asegurando ganancias extraordinarias para los productores.

En pocas palabras, la protección al consumidor se transforma en protección al productor. Y, al igual que dijera Milton Friedman hace unos treinta años en un célebre debate acerca del tema en cuestión: “no se confundan, estoy del mismo lado que ustedes, del lado de los consumidores”. Por tanto, aunque no lo parezca, la protección al consumidor depende de mejorar el desempeño de los mercados, haciéndolos más competitivos, de generar más y mejor información, que facilite al consumidor la toma de decisiones, de garantizar el cumplimiento de los contratos y de facilitar la resolución de conflictos entre compradores y vendedores

14 mayo 2007

Gas Propano ¿A toda ley?

Hugo Maul Rivas
Director Área Económica
CIEN

Ley de Comercialización del Gas Licuado de Petróleo… Tema complicado, aún para los expertos. Bien podría decirse que se trata del típico caso en que una empresa intenta “aumentarle el costo a sus rivales” para monopolizar así la oferta de un producto. Por supuesto, con la ayuda directa del gobierno. Aunque, si se juzga desde la perspectiva de la seguridad del producto, parece que el asunto nada tiene que ver con reducir la competencia en un mercado, sino con la protección del consumidor. Esta complicación analítica seguramente desalienta a muchos columnistas a escribir al respecto. Sin embargo, sin necesidad de entrar en refinamientos microeconómicos, la normal suspicacia que caracteriza a quienes hacemos periodismo de opinión debería ser suficiente para que cuestionáramos un poco el trasfondo de dicha ley. Salvo unas cuantas honrosas y valientes, excepciones, la mayoría de quienes damos opinión en asuntos económicos hemos permanecido callados.

Quienes acostumbran ver en toda actividad empresarial un puro ejercicio de poderes monopólicos han permanecido callados. ¿Acaso no deberían preguntarse si mediante dicha ley no se está creando un nuevo monopolio privado? Claro está, gracias a los favores del Estado. Quienes critican las actitudes mercantilistas, contrarias a la libre competencia, de ciertos empresarios han permanecido callados. ¿Acaso no deberíamos preguntarnos si dicha no ley no constituye la creación de nuevos privilegios y restricción a la competencia? Quienes denuncian el comportamiento oportunista de los políticos han permanecido callados. ¿Acaso no deberían analizar la posibilidad que dicha ley sea otro caso en donde intereses grupales se anteponen al interés general en nombre del “bienestar popular”? Quienes defienden las causas populares han permanecido callados. ¿Acaso no deberían preguntarse si dicha ley no constituye una amenaza en términos de precios más altos y peor trato para los consumidores?

No dispongo de un aparato de inteligencia para monitorear todo lo que han dicho los editorialistas al respecto, sin embargo, me parece que el debate público en torno a dicha ley ha sido mínimo. Al menos si se lo compara con la discusión que generan otros temas de similar importancia. Pareciera que con nuestro silencio quisiéramos negar los riesgos que dicha ley puede traer consigo. ¿Acaso estamos de acuerdo con más mercantilismo, populismo, monopolios artificiales y abusos contra el consumidor? Seguramente no, pero “el que calla otorga”. Después de nada sirve quejarse.

10 marzo 2007

La Suerte del Banano…

Hugo Maul R.

Director del Área Económica

CIEN


…el inmigrante la quisiera."Los inmigrantes tienen la mala fortuna de no ser bananos, pues las frutas llegan sin problemas y a ellos se les ponen todo tipo de trabas". Según la fuente consultada, esa fue la reflexión de la Dra. Rigoberta Menchú en una conferencia en Palma de Mallorca en el 2005 respecto del problema de la inmigración. (http://www.lavozdeasturias.com/noticias/noticia.asp?pkid=240521). Aunque no era su intención, la afirmación de Menchú tiene un profundo trasfondo para el comercio internacional y el discurso reinante al respecto en E.U.A. y Europa. Es basntante ingenioso comparar bananos con inmigrantes. Hasta parece que estoy oyendo hablar a un mi profesor de Teoría del Comercio Internacional respecto del “factor content of trade”.

La comparación de Menchú permite hacer una lectura entre líneas que complementa la denuncia que ella hiciera en contra de E.U.A y Europa. En términos teóricos, y bajo ciertas circunstancias, un banano es una forma particular de “empaquetar” trabajo. Cuando E.U.A. o Europa compran bananos del Tercer Mundo, quiéranlo o no, importan trabajo de nuestros países. El trabajo de quien corta el racimo, de quien lo empaca y de quien lo sube al camión, entre otros, va incluido dentro de ese sabroso “empaque” que llamamos banano. Y como bien intuye Menchú, deja entrar a los bananos sin problemas pero no a los inmigrantes esconde una profunda contradicción. Los gobiernos de los países poderosos hablan de libre movilidad de mercancías pero no de trabajadores. Como si el trabajo de nuestra gente no viajara también dentro de los productos que exportamos.

Si los gobiernos de E.U.A. y Europa temen a los efectos que la mano de obra barata puede tener sobre sus economías, tendrían que reconocer también que no hace falta que nuestros trabajadores crucen desiertos o mares para que su trabajo llegue a los mercados de esos países. Camisas, pantalones, carne de res, mangos o flores son otros de los tantos “empaques” dentro de los cuales el trabajo de nuestra gente cruza fronteras. Si el miedo es a la mano de obra barata, aunque digan lo contrario, también deberían temerle a la que va “empaquetada” dentro de los productos que exportamos. Los “bananos” todavía tienen suerte. Sin embargo, dadas las contradicciones en el discurso de los gobiernos de Europa y E.U.A. nadie puede asegurar que la misma dure para siempre. No vaya a resultar que en un futuro cercano no sólo nos quedemos sin remesas, sino también sin exportaciones. Aunque es muy importante que Menchú denuncie el problema de la inmigración, también sería muy importante que reclamara la importancia de la libertad de comercio entre los países. Tal vez a ella sí sería escuchada.