01 octubre 2007

El balance de gobierno es positivo

José Raúl González Merlo
Miembro Junta Directiva
CIEN

Si el año termina como el Banco de Guatemala lo tiene previsto, el último año de gobierno de Oscar Berger quedará registrado como el de más alto crecimiento económico de la era democrática. Un caso desconcertante para un gobierno cuyo candidato oficial perdió las elecciones en medio de la más rápida expansión económica moderna…

La Gran Alianza Nacional – GANA - no pudo superar el desgaste de hacer gobierno pero, sobre todo, no pudo superar la factura electoral que le pasaron los ciudadanos al reprobar en lo que ellos consideran es el problema número uno: la seguridad ciudadana. Desde esa perspectiva, es lógico entender el resultado de la primera vuelta. Todas las encuestas que se habían hecho, desde antes que la GANA hiciera gobierno, mostraban ese como el tema más importante en la mente de los guatemaltecos.

El gobierno de Oscar Berger tiene, a pesar de los resultados electorales, un saldo positivo. Baste con recordar que la tasa de crecimiento económico del último año de Portillo apenas superó el 2% y, este año, el Banguat espera cerrar con 5.6%. Recordemos que sacó al grupo delincuencial del FRG, comenzó a depurar las instituciones que habían sido copadas por los más nefastos personajes de nuestra historia reciente, devolvió la confianza a los inversionistas y, gracias a lo anterior, presenció tasas de crecimiento económico como no se habían visto antes. Ni una reducción de cinco puntos porcentuales en los indicadores de pobreza le han querido reconocer sus detractores.

Es más, logró romper con el famoso ciclo de que el año electoral siempre era “malo”. Hasta el momento, ha manejado el presupuesto de gastos de forma prudente obviando las presiones de tener que hacer obras a la carrera en el último año para ganar votos.

Pero reprobó la materia de seguridad… él mismo lo admite. Siguen los escándalos de la policía. Siguen los asesinatos en las prisiones de “máxima seguridad”. Prefirió pedirle a la ONU que viniera a sacar la tarea… ¡y le hicieron caso! La CICIG está por iniciar operaciones y los dos candidatos a segunda vuelta lo avalaron…

No hay peor cosa que tener altas expectativas. Por ello es que nunca se reeligen gobiernos. Porque durante la campaña se elevan entre los ciudadanos a tal nivel que, cuando contrastan promesas y realidad, consistentemente votan para sacarlos del poder. Pronto sabremos la suerte del próximo gobierno. Y pronto comenzaremos también a hacer, de nuevo, otro contraste. Mis expectativas, con el gobierno de la GANA, no eran altas. Quizás por ello es que les reconozco que han dejado un balance positivo.

30 septiembre 2007

Carlos Peña para Presidente

Hugo Maul Rivas
Director Área Económica
CIEN

“Comparar las elecciones a presidente con Carlos Peña, el joven cantante, es como mezclar el aceite con el agua”. En cierto sentido este comentario de Ricardo Bolaños, a la versión electrónica de la columna de la semana pasada es completamente válido. No obstante, al comparar el nivel de participación y entusiasmo generado por cada uno de estos procesos de elección surgen algunas cuestiones que merecen cierta reflexión. Por ejemplo, el papel de la relación precio/calidad en ambos procesos. En cada uno de ellos votar implicaba el pago de una suma monetaria. En el caso de la elección de Carlos, dicha suma salió de labolsa de cada “fan”; en el caso de la elección general, el pago salió de la bolsa de los contribuyentes. Si a esto se suma que muy pocos candidatos presidenciales inspiraban la simpatía, admiración o respeto que inspira Carlos Peña, los US $ 2.00 que la ley otorga a cada partido por voto recibido resulta ser un alto precio a cambio de la calidad de los productos recibidos. Por otro lado, el nivel de entusiasmo y participación alrededor del fenómeno “Carlos Peña” puede ser el reflejo de lo que sucede cuando los ciudadanos descubren cómo participar en la construcción de proyectos comunes. De cierta forma, más que apoyar a un joven cantante, el apoyo a Carlos puede ser el reflejo de lo que Samuel Huntington llamaría un “interés público puro”, la base fundamental para una acción colectiva exitosa.

Aunque no faltará quien piense que todo el asunto “Carlos Peña” es producto de la manipulación publicitaria, no debe olvidarse que vivimos algo parecido durante la campaña electoral y no puede decirse que alguno de los candidatos haya despertado el entusiasmo que generó el joven cantante. Aunque no se comparta la relevancia de que un joven guatemalteco se convierta en “Latin American Idol”, el proceso de elección de Carlos muestra la necesidad de que la calidad del “producto” guarde relación con el precio que se paga por él. Algo que sería muy importante en futuras elecciones presidenciales. Asimismo, la elección de Carlos muestra la importancia de que los votantes estén convencidos que mediante su voto hacen algo importante por su país. Algo que, aparentemente, no sucede hoy en día cuando votamos para elegir diputados, alcaldes y presidente. Para muchos, votar en una elección general significa más de lo mismo. Para muchos, votar por Carlos significó haber hecho algo importante por Guatemala: mostrar que en es factible que los sueños se conviertan en realidad.

23 septiembre 2007

Las alegres encuestas

José Raúl González Merlo
Miembro Junta Directiva
CIEN

Las encuestas electorales no son cosa nueva. Todos los años han sido criticadas por quienes tienen los peores resultados. Sin embargo, en estas elecciones, las críticas han sido particularmente incisivas. En buena medida porque el margen de error fue más amplio que el esperado. Unos piden regulación, otros piden prohibición. Ambos están equivocados.

Los medios entraron en una peligrosa espiral en aras de elevar la circulación de sus respectivos diarios. Las encuestas per se no tienen nada de malo para alcanzar ese objetivo; sin embargo, minimizaron los riesgos de realizarlas. Pagar y divulgar las encuestas es asumir como propia la responsabilidad de la exactitud de sus resultados. De esta manera, el medio de comunicación pone en riesgo su activo más importante: la credibilidad.

Lo anterior se puede resolver de dos maneras. La primera es aceptar que el medio no tiene necesidad de hacer encuestas y no hacerlas más. La segunda es reconocer públicamente que la encuesta es una medición inexacta de una realidad en un momento determinado. Todos son culpables de haber caído en la arrogancia de creer que su encuesta era la mejor y, dados los resultados, lo único que se comprobó es que habían unas menos peores que otras.

Por lo tanto, si continúan con las encuestas, al menos, deben colocar una leyenda que diga algo como: “Esta encuesta no es ni pretende ser una predicción de los resultados electorales ya que los resultados reales pueden variar significativamente. Tampoco debe ser utilizada como una herramienta de propaganda electoral. Usted no debe decidir su voto en base a esta encuesta sino a los criterios que considere importantes de cada candidato.”

Esta muestra de humildad podrá proteger a los medios de lo que ya es un tema de conversación: que las encuestas fueron usadas para favorecer a unos y perjudicar a otros. Lo cual es una infantil racionalización, de los candidatos que así lo insinúan, para justificar su pobre y mediocre desempeño. De la misma manera que hay poca evidencia de que el voto sea endosable; la influencia de las encuestas en la intención de voto es, en el mejor de los casos, dudosa. Mi interés es proteger la credibilidad de los medios no la de los candidatos.

Pero lo peor que podríamos hacer es permitir que el gobierno regule o prohíba las encuestas. Las mismas son una legítima expresión del pensamiento, protegida constitucionalmente. Debatirlas, criticarlas, analizarlas técnicamente y transparentarlas es lo mejor. Y el medio que no lo haga, que se atenga a las consecuencias y siga el camino del desaparecido diario El Gráfico. A poner las barbas en remojo pues…